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Inesperados efectos del ejercicio de la psicoterapia y sus ocultos engranajes sobre el psicoterapeuta* Begoña Olabarría [Presidenta de FEAP: Federación Española de Asociaciones de Psicoterapeutas] *Basado en la Conferencia dictada en el IV Congreso Latinoamericano de Psicoterapia: Panamá, septiembre 2006
La literatura, la formación e incluso y sobre todo, el ejercicio de la psicoterapia (como intervención y tratamiento en problemas de salud y más específicamente de Salud Mental, cuyo ejercicio requiere el máximo nivel de responsabilidad clínico-asistencial) viene señalando reiteradamente la necesidad de mantener alerta sobre la persona del terapeuta, la necesidad de que éste trabaje adecuada y suficientemente diversos aspectos de sí a fin de:
De manera que, si estudiamos los requisitos de formación de los diversos modelos teórico-técnicos de la Psicoterapia, observaremos que exigen un mínimo-base de horas de trabajo personal (casi siempre de psicoterapia personal y/o de trabajo personal) realmente elevado y que esta práctica es sostenida, amparada y requerida por relevantes organizaciones de la Psicoterapia; así FEAP sostiene este requisito para la acreditación como psicoterapeuta y la Federación Europea de Asociaciones de Psicoterapia, EAP, de la que FEAP es miembro y representante en España. Sin embargo, poco trabajo se ha dedicado a observar los efectos que el ejercicio de la psicoterapia supone a medio-largo plazo sobre quienes la ejercen como actividad principal, más allá de estudios de satisfacción. Describir algunos de aquellos efectos y reflexionar sobre los mismos es el tema principal de esta aportación con que he buscado responder a quienes tuvieron la amabilidad de pedírmelo y yo la osadía de aceptar. Aprendizajes del psicoterapeuta El ejercicio de la Psicoterapia como actividad profesional principal contiene un necesariamente largo y, a veces, innecesariamente proceloso camino de formación teórico-práctica. FEAP propone, por ejemplo, que ha de partirse de titulaciones de acceso a esta formación que considera más adecuadas: las licenciaturas de Medicina y de Psicología. Y una formación de menor duración si la titulación de acceso es de especialista sanitario: Psicología Clínica y Psiquiatría. En estos últimos casos se establece: 2. Un mínimo de tres años a tiempo
parcial, en el período de post-grado universitario, dedicados a
la formación teórica, técnica y clínica en
Psicoterapia y a la adquisición de las habilidades básicas
del psicoterapeuta, a través de cursos y seminarios, con un mínimo
total de 600 horas. Incluirá entre ellos -si no ha formado parte
de la formación universitaria de acceso- al menos 50 horas de conocimientos
fundamentales de las diferentes modalidades y orientaciones de la psicoterapia.
Los contenidos mínimos de la formación serán propuestos
por la Junta Directiva y aprobados por la Asamblea General de la FEAP
en función de los compromisos suscritos por la FEAP con asociaciones
y federaciones de rango europeo y/o internacional y la experiencia acumulada
en la formación de psicoterapeutas en España. Para FEAP se iniciaría entonces, cuando para otros ejercicios profesionales se da por terminada con un importante nivel de excelencia (más allá de la formación continuada) la capacitación especializada, la formación en Psicoterapia de los licenciados en Medicina y/o en Psicología que hacen esta opción profesional. Y ello porque el psicoterapeuta, a través de la relación psicoterapéutica, relación privilegiada, va no sólo a “ver” sino a “entrar” en aspectos centrales, íntimos e inestables de los seres humanos, de nuestros pacientes, desde una posición de asimetría relacional, hacia el cambio y desde una óptica de salud. Por tanto, quien inicia la capacitación como psicoterapeuta pronto advierte, si desea hacerlo bien, que inicia un camino profesional más largo que otros y más comprometido (porque compromete la realidad interna del terapeuta). En ese momento todavía es pronto para que los psicoterapeutas en formación adviertan que durante años pueden quedar a merced de marcos formativos que obligan modalidades de relación “atrapantes” en un sentido deformante por la existencia de modalidades sectarias de mercados de formación, y que en ese sentido la existencia de objetivos claros, procedimientos y modalidades precisos, relaciones pautadas, discriminadas y con límites definidos a lo largo del proceso teórico-práctico de formación y en sus diferentes facetas y áreas (programas de formación, psicoterapia ó “trabajo personal”, supervisión de casos, etc.) resultan de la mayor relevancia. Es éste uno de los motivos centrales que justifican la importancia de alcanzar consensos definitivos y estables entre los distintos modelos teórico-técnicos al respecto y defenderlos organizadamente, como pretende hacer la Federación Española de Asociaciones de Psicoterapeutas (FEAP). Impacto de la actividad psicoterapéutica. La modulación La psicoterapia es un ejercicio de alta implicación,
no sólo para quién la demanda sino también para quien
la ejerce. Y así debe de ser. Ese ejercicio profesional permite, así y entonces, un singular modo de conocimiento y de contacto asimétrico y profundo con otras vidas, otras experiencias, otros modos de pensar y de actuar, otros problemas, otros “nudos” profundos y oscuros, inaccesibles para otras modalidades de relaciones humanas. Y hacerlo desde y con una relación que por definición es –y debe ser- asimétrica, complementaria, donde el saber, el conocimiento técnico ocupa (o ha de ocupar) el lugar de mayor peso o poder en la relación terapéutica para que ésta sea funcional y pertinente y siempre en función del objetivo de la ayuda para el cambio del ó de los consultantes. Sin duda, la preparación y entrenamiento de alta cualificación que ha de recibir el psicoterapeuta en el singular objetivo de evitar la contaminación de la relación terapéutica por los posibles “trasvases personales” (deslizamientos de contexto, identificaciones, atribuciones, confusiones de lugar, estrategias relacionales disfuncionales, etc), resulta del mayor interés y obliga a un largo y arduo procedimiento modulador ó mejor, que nos modula, nos construye como profesionales de la psicoterapia y también como seres humanos. Se trata de un doble registro formativo: El de la incorporación de conocimientos y habilidades teórico-técnicos, habitual en otras profesiones, y el del trabajo personal hacia dentro de sí, para los otros (y para sí mismo, naturalmente), que el psicoterapeuta en formación ha de realizar de manera reglada, bajo y con otros psicoterapeutas ya rodados acreditadamente. Es decir, el psicoterapeuta se prepara y entrena en un conocimiento y saber que obliga a la entrada en lo más humano de otras vidas desde modalidades de relación asimétricas que le permite llevar las riendas de la relación para su intervención de ayuda. De este modo, casi siempre o al menos con mucha frecuencia, una buena formación y un buen ejercicio obtiene un resultado añadido muy visible para quienes participan de la vida cotidiana de los psicoterapeutas: El área profesional entra a formar parte del contexto significativo de éstos. Dicho de otra manera, la percepción, las relaciones, las estrategias de actuación en su contexto significativo van a quedar también “modeladas” por este área. Así, el ejercicio profesional continuado como psicoterapeuta, configura en su contexto de vida un especial conocimiento y modo de relación. Me refiero aquí a un conocimiento de sí para sí, al que Maturana (1986,1997) se refiere como un conocimiento de carácter estratégico vital propio de los seres vivos, que tiene un perfil diferente y sólo parcial y escasamente coincidente con el “cogito” cartesiano, en tanto que básicamente es un conocimiento que no se conoce a sí mismo. Por ello cabe la reflexión sobre cómo este ejercicio profesional de la psicoterapia afecta/modula/condiciona al psicoterapeuta en su vida cotidiana cuando este área se configura como elemento relevante de su contexto significativo, como contexto en el que está involucrado como sujeto, aquél en el que genera estrategias relacionales de acción desde percepciones y conocimientos cuyos “modos” y reglas sólo ocasionalmente y de manera parcial los re-conoce y toma en consideración, otorgando ó adjudicando así definiciones y valores que concibe como consustanciales a las cosas, situaciones, personas y relaciones de las que participa, como si de ellos emanasen (Olabarría y Vázquez , 2007), porque no es posible entonces su disociación de las operaciones organizativo-relacionales de su contexto. El contexto significativo es para cada sujeto, también
para los psicoterapeutas, un ámbito primordial del tipo de conocimiento
que Morin (1986) denomina como “cálculo” en oposición
al “cogito” cartesiano, conocimiento que se conoce a sí
mismo. Pero, ¿qué tipo de relación es la psicoterapéutica, la relación cuya existencia resulta base para el ejercicio de las diversas modalidades de psicoterapia y cuya “repetición” por el ejercicio profesional favorece el posible establecimiento de perfiles de afectación ó de modulación al psicoterapeuta? La relación psicoterapéutica es una relación de alta implicación para sus partícipes y marcada por la asimetría, al menos en:
Es una relación la terapéutica que establecen dos sistemas humanos diferentes, con diferentes historias, trayectorias, reglas, valores, experiencias, funciones y epistemologías sobre los síntomas. Esta relación ha de configurar un contexto, el terapéutico, con reglas, objetivos, tiempos y espacios específicos, donde se establece esta relación de alta densidad. Sobre el contexto psicoterapéutico volveremos un poco más adelante. La relación psicoterapéutica comparte genérica o específicamente el objetivo del cambio desde la creencia compartida en diversos grados de que el proceso terapéutico podrá modificar una realidad subjetiva, relacional, comportamental, del paciente. Pero esa “realidad” el sujeto la percibe como substantiva, unilateral y egocéntrica, firme y sólida, que no admite otro mundo que el que percibe desde sus propios esquemas perceptivos previamente constituidos. El psicoterapeuta se enfrenta, a través de la relación terapéutica, a modificarla -al menos parcialmente-. Ese empeño de acceso y constitución de otra “realidad” psíquica con el paciente, no niega, sino que constituye una nueva forma en mi opinión, del parámetro de “verdad”, imprescindible en la acción comunicativa externa e interna de los sujetos. Posiblemente ese lugar de poder asimétrico en la relación primordial del contexto psicoterapéutico que ejerce repetidamente el psicoterapeuta con funciones clínicas, en formas y con procedimientos tantas veces laberínticos (al menos para un tercer observador), supone para éste una experiencia repetida y “contrastada” de “ver” más, de “dirigir” las miradas de esos otros que son sus pacientes, de “resolver problemas”, de “promover salud”, de modos muchas veces enfrentados a la resistencia-colaborativa propia de quien desea cambiar sin introducir cambios –al menos en ámbitos significativos- de sus pacientes, esos seres humanos con quien el psicoterapeuta trabaja cada día, durante horas. Así, a través de su ejercicio profesional,
se establece una experiencia repetida que discurre como una vena de mercurio
por debajo de su torre más o menos ígnea del saber teórico-técnico
que ejerce y administra, una vena intensa, que no se ajusta a un saber
lógico lineal, que no se conoce a sí misma, que, por tanto,
no puede (ni posiblemente quiere en muchas ocasiones) el psicoterapeuta
hacer surgir como conocimiento sobre sí mismo expresable, configurando
una cuestión del sí mismo de cada uno como conocimiento
que no se autoconoce. Se trata de una peculiaridad que puede llegar a ser constitutiva del psicoterapeuta, configurando una pseudo-realidad dual marcada por lo impositivo: relacionalmente ha de ajustarse la “realidad” a la configuración de la relación psicoterapéutica (por ese ser humano que es psicoterapeuta en su ejercicio profesional, en su trabajo y que, por tanto y naturalmente no puede y no debe serlo ni intentarlo en otras relaciones). Pero quienes amplían esta configuración psicoterapéutica profesional a otros ámbitos, introducen de este modo en otros contextos de vida el desgobierno de explicar las situaciones al/os otro/s, de modificarlas y de ejercer la asimetría relacional estableciendo los peligros sobre sí, pero, sobre todo, para los otros, en otros contextos de los que participa el psicoterapeuta en su vida cotidiana, en los que así duplica impositivamente otro mundo contextual y relacional: el psicoterapéutico, más allá de cualquier frontera. No me refiero sólo al extremo de explícitos señalamientos técnicos en una relación no terapéutica como modo de ejercer un poder en una relación, tan frecuente en los psicoterapeutas noveles, sino también a otros modos más sutiles, seductores, inopinados de hacerlo. Esta “repetición” de deslizamientos de contexto ¿es sólo un “error” o puede alcanzar un nivel de modulación personal del psicoterapeuta? Acerca del contexto psicoterapéutico y la modulación del psicoterapeuta: Identificación de riesgos ¿Qué tipo de contexto es el psicoterapéutico? No parece extraño a ninguno de los modelos psicoterapéuticos decir que los participantes en la relación terapéutica, el psicoterapeuta y el/los pacientes, establecen un contexto particular sobre una relación singular que les obliga a descentrar sus perspectivas interpretativas desde una atribución recíproca de responsabilidad en diversos planos (el del saber profesional y el de la participación del sujeto en su propio malestar psíquico) y desde todo ello la incondicionalidad de las pretensiones de validez de lo que cada uno aporta, incorporando como necesario y plausible las diversas facetas de una realidad poliédrica. Pero sin la atribución de “verdad” y “racionalidad” que forman parte de un sistema de referencia implícito que se va abriendo conforme avanza la psicoterapia, los participantes en la relación terapéutica no podrían avanzar, tener éxito o fracasar, pues sin ellas no existe la “entrada” de nuevos elementos (para el cambio) en la epistemología del que demanda ayuda. El que este “sistema de referencias” propio de la relación terapéutica tenga un contenido “ideal” ó falso ó en qué sentido lo tenga, hemos también de contemplarlo un poco más adelante. Y así, esta modalidad relacional que es la psicoterapéutica parece establecerse en un contexto que contiene suposiciones pragmáticas compartidas por sus protagonistas, tales como:
Estas suposiciones pragmáticas compartidas por
los partícipes de la relación terapéutica se establecen
caracterizando un contexto en el que el poder mayor en la relación
asimétrica psicoterapéutica, como ya ha quedado dicho, ha
de estar ocupado por el psicoterapeuta, “encargado” así
de mirar y ver en y para el otro, de modo tal que parecería, por
su función, que sabe y puede “mirar” mejor y “ver”
más en cualquier situación. Se trata de una amplificación y desvío de la función y rol de “guía” en la relación para un nuevo conocimiento hacia el cambio que ocupa el psicoterapeuta (evidentemente no es el psicoterapeuta el que “produce” el cambio desde un mejor atributo o cualidad) que frecuentemente, cuando así lo establece éste, utiliza en otras relaciones y contextos de su vida. El uso de la función psicoterapéutica que
consiste en el esbozo constructivo de un “focus imaginarius”
que permite la prosecución de la investigación psicoterapéutica
con la constitución de nuevas visualizaciones que redefinen y re-sitúan
las experiencias vividas y los modos de ver y mirar del paciente, es redundante
para el psicoterapeuta en su ejercicio como tal. La relación terapéutica busca establecer una nueva “verdad” para y del paciente/s o usuario/s de la psicoterapia. Es preciso tomar en consideración que no me refiero aquí a un concepto de verdad kantiano que incluye la “idea cosmológica de la unidad del mundo”. Sabemos por la psicología evolutiva que es precisa la estructura anticipada y totalizante suficiente del conjunto de elementos de la experiencia para que se establezcan percepciones y el conocimiento sea posible en el sujeto. En este sentido, la estructura previa o epistemología
del sujeto-paciente sobre sí y sus síntomas no es un mero
estorbo en el proceso psicoterapéutico, puesto que tiene una función
de guía del conocimiento para éste que, eso sí, se
opone frecuentemente a la función del psicoterapeuta.
Las anteriores “consecuencias” se alcanzan como efecto de la psicoterapia que se ejerce en base a y a través de la relación terapéutica. Observemos de nuevo que se trata de dos sistemas que se ponen en relación sobre un encuadre de reglas explícitas y un objetivo general común. Es decir ambos, el psicoterapeuta y el paciente, situados en el respectivo horizonte de sus mundos, deben poder referirse a “algo” si quieren entenderse “sobre algo” o quieren, de manera más práctica, arreglárselas “con algo”. Deben partir cada uno por sí mismo, pero en concordancia de la presuposición de que el mundo interno relacional y de acción de los seres humanos es accesible, que tiene existencia independiente y que ésta puede ser valorada, re-ajustada, tratada. Fijémonos entonces en que a lo largo del proceso psicoterapéutico todo ello se va a abordar con la relación terapeuta-paciente/s en un contexto psicoterapéutico, en que el terapeuta tiene el poder de guía y también en otro hecho: que sólo lo identificable espacio-temporalmente puede ser “tratado” en un sentido finalista de reajuste-redefinición epistemológica que promueva otra valoración del pasado e impulse otra acción de futuro en el paciente, el otro polo de la relación, co-partícipe del proceso psicoterapéutico. Observemos además que el sujeto precisa entonces de la construcción de una nueva “objetividad” (por más que ésta sea subjetiva) y que ello precisa de la presuposición pragmática de la accesibilidad común del psicoterapeuta y el paciente a ese mundo interno, relacional y de acción que configura un sistema de referencia modificable. Y ese sistema de referencia es accesible e incorporable al lenguaje (digital y analógico), es comunicable y asegura al terapeuta y al paciente la preconcepción formal de los posibles objetos referentes-referidos. En definitiva, comparten la presuposición pragmática de la existencia “real” de un mundo “objetivo” sobre el que pueden entenderse e intervenir en tanto actores de y en su contexto. Se trata de una compartida suposición pragmática, que no es una idea regulativa para el sujeto-paciente, pero sí es constitutiva para ambos del contexto psicoterapéutico, para poder referirse de manera asimétrica pero común a todo aquello respecto a lo que pueden consignarse “hechos psíquicos”: cogniciones, sucesos, experiencias, relaciones, emociones, acciones. Desde esta perspectiva, experiencias y valoraciones quedan interconectadas con la búsqueda práctica de acceder a un nuevo dominio de la realidad externa e interna, por más que ambas entren en un contacto con el contexto de vida del paciente que continuamente sorprenda y se resista al “dominio”. El paciente accede a otro “realismo interno” de “la mano” del psicoterapeuta, quién también accede a la experiencia del cambio del otro desde su función técnica de guía en la relación psicoterapéutica. ¿Sabrá (desde el conocimiento del “cálculo” de Maturana) el psicoterapeuta sustraerse a la ilusión de poder que el contexto terapéutico le otorga, cuando sale de éste, o querrá más o menos oscuramente repetirlo en otras relaciones y contextos? ¿Lo incorporará como una imagen de sí mismo en su propio realismo interno reproduciendo parámetros de la relación psicoterapéutica en otros contextos de su vida? Observemos que el nuevo “realismo interno”, resultado de los cambios en la epistemología del paciente sobre su vida, sí mismo y relaciones, tiene que contar con la connotación pragmática de “real”, que puede ser comunicado ó representado en enunciados “verdaderos” (pese a que los hechos son re-interpretados y reajustados en su valor y puesta en relación con otros) en un “lenguaje” que ha sido construído en el proceso psicoterapéutico, construído entre dos sistemas: El del psicoterapeuta y el del paciente. Esa condición común, compartida asimétricamente, otorga la condición de “real” a la existencia de los estados de cosas enunciados. Naturalmente esta entidad de “verdad” de los hechos no puede –ni debe- concebirse científicamente (como hace el modelo representacionista del conocimiento) como la realidad representada, pero obliga la consideración de que no resulta posible ni eficaz cualquier re-lectura ó re-definición de los hechos que no alcance esta condición de “verdad” y por tanto de “real” para el paciente. La nueva constatación de hechos, la nueva epistemología del paciente, construída en el proceso terapéutico, no puede –ni debe- abandonar sin más el sentido operativo que poseen los procesos de aprendizaje, la solución de problemas, las valoraciones relacionales, porque precisamente de ellos resulta o es efecto aquella constatación de hechos. ¿Sabrá el psicoterapeuta dejar de oficiar de guía para la re-definición epistemológica del otro, cuando está fuera del contexto terapéutico ó quedará atrapado en posibles efluvios “creacionistas” de “realidades” desde un ejercicio de poder asimétrico en otras relaciones de vida cotidiana? Otro aspecto no menor se refiere al efecto cognitivo de la psicoterapia y su relación con la razón. Las nociones de “mundo interno” y de “realidad” antes reseñadas expresan globalidades, pero sólo la de “realidad”, por su conexión interna con la valoración de “verdad” permite que podamos darle el valor de idea regulativa de razón: Vincula la re-constatación de hechos a una orientación hacia la verdad. Aspecto éste sin duda clave en el contexto psicoterapéutico. La orientación a la verdad como elemento clave de la función regulativa de la razón es un aspecto relevante que se sustrae a la condición trascendental de objetividad de la experiencia: “Para Kant, la pregunta (…) por las condiciones de posibilidad de la constitución de los objetos, es decir, la constitución del sentido de la objetividad, era idéntica a la pregunta por las condiciones de posibilidad de la validez intersubjetiva del conocimiento verdadero (Apel, 1989). Pero fijémonos en que (como sabemos quienes hacemos formación y supervisión de psicoterapeutas) una de las motivaciones frecuentes entre quienes se inician y ejercen la psicoterapia es precisamente la de ejercer una ayuda en los problemas de otro como modo oculto –incluso para sí mismos- de aprender para sí mismos. Es decir, de encontrar modos “verdaderos” de ayudarse en un proceso marcado por la razón contrastada. Precisamente la re-constatación de hechos y su ajuste regulativo y valorativo hacia la verdad del otro puede configurar un elemento de límite, de razón, para el propio psicoterapeuta, además de para el paciente, que de este modo puede dejar de cumplir cometidos instrumentales, de uso, del psicoterapeuta para sí mismo. Peirce (1997), con otra finalidad, quiso explicar el concepto de “verdad” desde el progreso del conocimiento, progreso que se orienta hacia ella. Define la verdad como una anticipación del consenso al que los participantes en el proceso de conocimiento autocorrectivo de la investigación se dirigen. Y cada psicoterapia es un proceso de investigación clínica en el que sus partícipes avanzan hacia un conocimiento autocorrectivo. Efectivamente parece producirse una asimilación de “verdad” con “asertabilidad justificada” entre varios en relación. Pero precisamente éste es el hallazgo: Los procesos de “justificación” que requieren los cambios de epistemología de los pacientes sobre sí mismos, pueden conducir a la aceptación “racional” de sus elementos, hechos, datos, pero no a la “verdad” de los mismos. Y así, la “orientación” a la verdad, entendida ésta como una propiedad que los contenidos de la relación psicoterapéutica no pueden perder, adquiere una función regulativa principal e irreconciliable en el contexto terapéutico, en el que el psicoterapeuta tiene el rol de “llevar las riendas”. Es fácil, por tanto, desde la experiencia sostenida, en la relación psicoterapéutica de atribución por el/los paciente/s al psicoterapeuta de una especial capacidad como “guía” hacia “la verdad”. La recepción repetida en el tiempo de semejante atribución ¿será suficiente y adecuadamente desvelada y “destrascendalizada” en su vida personal cuando el psicoterapeuta es sensible al ejercicio influyente en los demás? Finalmente, la actividad profesional de la psicoterapia establece frecuentemente otro ejercicio sumado al anterior en psicoterapeutas de larga trayectoria: la formación de otros psicoterapeutas. En ocasiones esta docencia se ejerce sobre y desde una oferta de un producto que incluye la imagen del psicoterapeuta formador como un referente tan relevante que tapa la diferencia entre “la cosa en sí” y “la apariencia” generándose un vacío sólo salvable mediante la verificación externa del tránsito del discurso a la acción de éste. Pero frecuentemente esta verificación es de difícil realización por discentes que están atrapados en necesidades de certezas, causalidades y pretensiones de validez propias que promueven los discursos oscuros (a veces bajo la forma de fulgurantemente “claros”) que pueden fácilmente ejercitarse cuando se está en un ejercicio profesional aislado como es el de la psicoterapia. La experiencia de ciertos modos de omnipotencia que otorga a esos docentes este modo de conducirse posiblemente se acompaña de una trayectoria procelosa, con grandes lagunas formativas, que facilita el deseo de impostura de quien no ha sostenido con parámetros contrastados y/o no ha adquirido adecuadamente esa identidad profesional, pero desea incorporar su “imagen” y ser reconocido públicamente en ella. Naturalmente resulta altamente pernicioso el efecto en cascada que estas “escuelas” con estos “docentes” pueden generar rompiendo las líneas constitutivas de sentido en el que-hacer teórico-técnico de la psicoterapia, nutriendo sus discursos con falsas o no suficiente o adecuadamente justificadas líneas de actuación formativa y propuestas de ejercicios psicoterapéuticos; sin embargo frecuentemente percibimos su presencia y las dificultades para su desvelamiento. El tiempo en la configuración del psicoterapeuta El ejercicio profesional, cuando entra a formar parte del contexto significativo de la vida del psicoterapeuta, pasa a formar parte de su vida. Maturana (1988) introduce el siguiente concepto de organizaciones para referirse a los seres vivos: “Configuración de las relaciones entre las partes que la componen y de la unidad compuesta que constituye su identidad como clase”. Los sistemas vivos tienen una organización autopoiética: que se produce continuamente a sí misma. Precisamente la duración de un ser vivo depende del mantenimiento de esta capacidad, su apuesta existencial es mantener esta capacidad. Para ello, todo ser vivo:
Entran, por tanto, en juego en la evolución:
Por otra parte, la evolución se produce por:
Cabe, por tanto, concebir en el proceso adaptativo autoiético
de la evolución del ser vivo que es el psicoterapeuta, una evolución
marcada por parámetros provenientes de su ejercicio profesional
significativo. Señala Maturana que el tiempo biológico de todo ser vivo corresponde a un proceso ontogénico de cambios estructurales y de acoplamiento en una sucesión o proceso que conserva la organización del sistema, que es la que le confiere identidad. En función de lo anterior: Yo existo como organismo humano mientras que mi estructura (partes de mi cuerpo y sus relaciones) es capaz de cambiar para adaptarse a los cambios de mí y/o de mi contexto sin que yo pierda mi organización autopoiética (o capacidad de autoproducción de “si mismo”). La posibilidad de cambio de la estructura de un sistema, sin que pierda su organización, así como la posibilidad de asociarse con otros sistemas para mantener la autopoiesis, constituye la capacidad de adaptación de un sistema, su capacidad autopoietica. La sucesión de movimientos y/o conductas (sucesión de cambios) será uno de los elementos que permitirá al observador percibir los cambios aproximándose a la dimensión temporal del proceso. Los psicoterapeutas hemos de aceptar la imprevisibilidad de nuestros pacientes en el contexto terapéutico, privilegiando sus innovaciones y desconfiando de nuestras hipótesis sobre el cambio. Es decir, nos entrenamos en esa aceptación y también sabemos que nuestras intervenciones técnicas están “cargadas” ante el paciente de ese factor que es la previsibilidad/imprevisibilidad. Establecemos en ese contexto terapéutico una zona de incertidumbre y con ello de poder, pues a mayor zona de incertidumbre, de imprevisibilidad de las estrategias y conductas pertinentes ó soportadas en un contexto dado, más poder. Si a ello unimos que los recursos del psicoterapeuta, no sólo deben ser pertinentes sino también movilizables en un contexto dado y que esa “movilización” se encuentra en poder de quien cumple el rol de “llevar las riendas” de la relación terapéutica, la percepción del poder en la relación aumenta en los psicoterapeutas de largo ejercicio profesional, que saben/sabemos también de los riesgos de un uso inadecuado del mismo. Además, el psicoterapeuta puede entrar en distintos marcos temporales del ciclo vital del otro, así como establecer diversificaciones de significados en los contenidos aportados por el paciente. El tiempo de la acción en el proceso psicoterapéutico apunta a una complejidad creciente, opuesta a la entropía. Por tanto, su poder en la relación terapéutica es grande y pertinente, “natural”, en función de los objetivos del contexto terapéutico. Precisamente esa experiencia sostenida puede hacer concebir
la “naturalidad” de esos usos de poder en otros contextos
de vida cotidiana, en función de la experiencia sostenida en el
área profesional cuando ésta forma parte del contexto significativo
de vida del sujeto. Y sabemos que puede ocurrir como efecto indeseado e indeseable que se configure entonces un modelado de la persona del psicoterapeuta por efecto de esa percepción de poder ejercido en el área profesional (que forma parte de su contexto significativo), sostenida en el tiempo, en el ciclo vital del psicoterapeuta, percepción que configure un conocimiento autopoiético (no cartesiano). La alta responsabilidad de los psicoterapeutas en su ejercicio profesional obliga a considerar la necesidad de orientar su acción según reglas compartidas por una comunidad científica que las reclama y acordes con la necesaria dependencia de justificación discursiva, pero también es preciso prestar atención y modular a lo largo de la vida profesional los efectos del impacto de este ejercicio en nuestras vidas, con nuestros perfiles de vulnerabilidad. BIBLIOGRAFÍA - Apel, K.O. 1989. Sinnkonstitution und Geltungsrechtfertigung
en Forum für Philosophie (comps.), Martin Heidegger: Innen und
Außenansichten, Fráncfort del Meno, pag. 134.
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