Con la globalización, los Estados no tienden a desaparecer, sino que se están transformando. Pierden unas competencias, adquieren otras y, sobre todo, cambian el rango de sus actividades. La configuración supraestatal de una parte importante de las competencias económicas y militares permite que otras áreas puedan adquirir ahora nueva relevancia.
Así parece surgir una nueva configuración del valor de la cultura y de la ciencia, que se muestra a veces como riqueza de un país.
A fecha de hoy las políticas científicas específicas, quedan en general fuera de los tratados internacionales, salvo que se configuren vinculadas a intereses de sectores industriales, en cuyo caso podemos encontrar fácilmente situaciones que no por legales dejan de entrar en lo ilegítimo, como puede ser el caso de lo que acaece con la psicoterapia y los escasos fondos que su investigación recibe y el escaso apoyo oficial que a su financiación pública se presta frente a los gastos que la psicofarmacología representa.
Nadie pone en duda que los valores que definió, construyó y defendió la Ilustración, son los de la modernidad y que sin ellos no puede entenderse el tiempo contemporáneo.
La idea ilustrada de que la razón y el conocimiento, la ciencia, permiten mejorar la condición humana, permitió la recuperación del estoicismo como ética secularizada frente al dominio religioso en lo social. Y precisamente es ahí donde se establece la nueva comprensión o “sentido”, el nuevo “sentido moral” que permitiría al ser humano identificarse con los otros hombres y con la naturaleza, el origen de la sociabilidad y del lenguaje.
Lo preocupante es que esa formulación no impresiona. Recibe una especie de aquiescencia pasiva mientras el silencio parece estar instalado a mi juicio en los discursos intelectuales ante las prácticas de la retórica persuasiva y la utilización de alta tecnología científica y profesional en una globalización que muchas veces parece ávida de fabricar la destrucción.
Pero lo más impactante a mi juicio es que no podemos dirigir la pregunta acerca de la responsabilidad de ello a ninguna instancia. Somos nosotros mismos los productores.
Creo poder decir que estamos asistiendo a una fuga del pensamiento y de la acción ante sus responsabilidades desoyendo un elemento valioso de la tradición occidental, como es la capacidad de contestación crítica, la proyección universalista, la voluntad de superar el anquilosamiento de los sistemas de dominación sucesivos.
Se olvida así que el despliegue ilustrado de la razón culmina reflexivamente en su esfuerzo por penetrar la vida misma, en el ideal –socrático- del autoconocimiento, en la –heráclita- búsqueda y construcción del sí mismo, en la racionalidad desveladora de lo oculto en y entre los seres humanos y sus relaciones.
Creo por ello llegado el momento de un despliegue de la razón, del conocimiento científico de la interioridad de los seres humanos para su propio gobierno de su vida en su contexto. Y eso no es exactamente lo mismo que combatir la patología mental.
En nuestro mundo cultural y científico de hoy, la salud mental se ha convertido en un indicador de la calidad de vida de los seres humanos. El concepto de calidad de vida forma parte de la Salud Pública , desde donde se acompaña del indicador esperanza de vida sin discapacidades.
Sin embargo, continuamos sin saber quiénes son los que cuentan con una buena salud mental (si aceptamos que ésta no es equivalente a la ausencia de un trastorno de los recogidos en las clasificaciones internacionales de los trastornos mentales) y que la medicalización del malestar psíquico no contribuye a mejorar la salud de los seres humanos.
La idea de que la psicoterapia es por lo general menos científica y eficaz que la farmacología para la atención de los problemas y malestares psíquicos, se ha convertido en un tópico no sólo falso, sino que revela una concepción mecánica de la mente humana. Un automatismo que no es la solución sino el síntoma del verdadero problema de una concepción que chapotea, con intereses industriales y económicos espúreos, en la legítima necesidad de avanzar en el conocimiento y en la intervención que toma la psicoterapia como referente.
No quiero caer en un platonismo de segunda y exagerar el papel de la psicoterapia en las intervenciones en la salud humana, pero si sus aportaciones no se visualizan y/o no se avanza en la medida que se precisa en el conocimiento y reconocimiento de sus aportaciones, en este plano se seguirá sufriendo el peor de los males para quien pretende intervenir en el dolor psíquico en el mundo: no saber de qué va, no entenderlo y limitarse a contenerlo agitando el desprecio por los psicoterapeutas (tal vez señalando alguna excepción por escuela) o bien la buena conciencia sobre la superioridad o la bondad de la prescripción farmacológica como elemento central de la intervención, que establece la jerarquía científica.
Por eso necesitamos conocer los alcances de nuestros nuevos conocimientos y aplicaciones en psicoterapia, su singularidad y riqueza, favoreciendo los intercambios que la lengua nos facilita.
Por eso desde este número el Anuario ha empezado el camino de incorporar las importantes publicaciones latinoamericanas de psicoterapia en lengua española.
Lo hacemos desde el convencimiento de los valores ilustrados, desde la valoración de las aportaciones del conocimiento científico como contribución para la mejora de los seres humanos y sus vidas, sin contar con más apoyos que nuestras propias asociaciones, organizaciones, revistas y el empeño de todos nosotros, los psicoterapeutas, en intercambiar nuestros hallazgos y experiencias.
En Madrid a 16 de noviembre de 2009
Begoña Olabarría
[Presidenta de FEAP: Federación Española
de Asociaciones de Psicoterapeutas]
Directora del Anuario FEAP
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