Desde la Federación Española de Asociaciones de Psicoterapeutas (FEAP) que agrupa a más de dos mil Profesionales de la Psicoterapia en toda España, queremos expresar nuestro más profundo malestar por la confusión que genera la sentencia en la que se condenaba por el delito de “abuso sexual” a un grupo de hombres autodenominados “La manada” tras agredir sexualmente a una joven.

 

A partir  del conocimiento sobre las relaciones humanas propio de nuestra práctica profesional, queremos plantear algunas reflexiones al respecto.

 

Pensamos que esta sentencia, de la que no podemos opinar sobre su rigor técnico, para el ciudadano, extiende una sombra de sospecha sobre la víctima (algo habrá hecho ella para que le hayan hecho esto) y una luz de disculpa sobre los victimantes (solo es abuso, no violación).

 

El debate abierto en torno a este caso nos ayuda a identificar con mayor precisión una serie de fenómenos que, a modo de certezas, intoxican  aún hoy las relaciones entre hombres y mujeres. Dichas certezas actúan como esquemas rígidos en el pensamiento común. Las conductas que producen perpetúan relaciones insanas y conllevan un sufrimiento que en muchas ocasiones dan lugar a trastornos psíquicos severos.

 

El abuso se fundamenta en la convicción de la superioridad de un ser humano sobre otro, a quien se despoja de los valores que el abusador cree suyos porque así lo dicta su deseo o la cultura en la que ha crecido. La persona así tratada pierde su condición de otro humano semejante.  Este trato es en sí mismo un acto de violencia, violencia ejercida en este caso tanto psicológica como físicamente y con el único fin del goce sádico del agresor.  Es de sobra conocido el efecto traumático, en ocasiones irreversible, que estas experiencias tienen en la vida de las personas maltratadas.

 

La sospecha acerca de la culpabilidad de la víctima, sostenida sobre la falta de heroicos esfuerzos, por parte de la víctima, en contra del abuso solo habla de la ignorancia de quienes lo sostengan. Quien haya sufrido situaciones semejantes o haya tratado a personas traumatizadas por hechos como  estos sabe que las reacciones más frecuentes no pasan por la heroicidad si no por el bloqueo, los estados disociativos, la negación de lo que les está pasando o el temor a ser asesinadas.

 

Pensamos que la indiferencia o la minimización  de acontecimientos como estos, avalados por sentencias como esta, forman parte de consensos sociales implícitos que mantienen la desigualdad y por ende, la injusticia.

 

No hay futuro para una sociedad en la que el respeto por el otro humano semejante no sea la regla de oro. Se hace necesario, por parte de las Instituciones,  un mayor compromiso y esfuerzo en cumplir con su obligación de hacer realidad los valores éticos y morales de igualdad y equidad que nos sacaron de “la manada” para convertirnos en “sociedades”.

 

Fdo. La presidencia de FEAP